En los huesos que aquí estamos, por los tuyos esperamos.

En los huesos que aquí estamos, por los tuyos esperamos. Memento Mori. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Génesis, dicho por Dios directamente). Huesos. Calaveras. Silencio. ¿Descanso? ¿Paz? ¿Destino? Muerte. Camino. Transición. Estas sensaciones me da la capilla de los huesos en la Iglesia de San Francisco en Évora.

Recordar continuamente la realidad de la muerte nos pone en contexto. La entendamos o no, la queramos o no, la meditemos o no, creamos en ella o no, inevitablemente pasaremos por ella. Así como en la foto, algún día -no muy lejano- mis huesos se unirán a esa colección. Aquellos cuyos huesos veo aquí realmente me esperan. Estaré más con ellos de lo que he estado sin ellos.

Mis logros, mis sueños, mis dolores y preocupaciones, mis ilusiones, desencantos. Mis generosidades y egoísmos. Mis deseos de paz y de poder. Mis secretos y mis logros. Todo, absolutamente todo, quedará ahí. Unos huesos, tal vez unos recuerdos, y espero alguna que otra obra quedarán unos años más. Pero no tantos.

Cuando veo una bebé me cuesta comprender que ella está emprendiendo este camino. Que lo estamos haciendo juntos. Y que más temprano que tarde estaremos reunidos ahí. Con algunas graditas cognitivas más adelante -no tantas-, comprendo ese final. Más bien, comprendo que llegará.

Viene a mi memoria el famoso pale blue dot de Carl Sagan. Todo lo qué pasó, pasa y pase en esta realidad esta confinado a ese pequeño espacio y tiempo. Pronto ya no será. Pronto no habrá ni humanos para recordar.

Pero esa realidad es vida. Aunque es volátil, pasajera, mutable, efímera, y perecedera, es lo único que tenemos. Este momento. Este instante. Esta colección sucesiva de momentos que nos conducen al momento final. Esto es todo lo qué hay. Y en ese todo hay una hermosa paradoja. Es poco pero es mucho. Es vasta. Tiene un significado si se lo queremos dar.

Al Cielo se van los que fueron felices, me dijo una vez un sacerdote amigo. Con independencia de la fe de cada uno, veo ahí el secreto. Y no es esa felicidad o alegría transitoria o pasajera, sino aquella más profunda, más estable, más rústica, más sencilla. Esa que lleva a aceptar que un día seré uno de esos huesos. Que no importa a que niveles de “grandeza” o de “normalidad” llegue, igual estaré juntándome a esos huesos que me esperan. Esa felicidad que se desprende al encontrar y aceptar la dualidad que tengo de ser único y uno más. De saberme Luis, pero saberme humano. Esa felicidad que empuja a ayudar. Que saborea un parque silencioso, una ciudad ruidosa, un bebé viendo sus dedos, y un avión despegando.

Esa aceptación ayuda con los miedos. Si el peor miedo es morir, el reconocer que es una realidad inevitable me lleva ahí. Si el peor miedo es vivir mal, el someterse a la realidad que en unas cuantas décadas -o quizá días, o horas- esto terminó. Y todos los mini miedos intermedios. Ellos también son transitorios.

La anécdota dice que dentro nuestro hay dos lobos, uno bueno y uno malo. Sobrevive al que le demos de comer. Démosle alimento, que se traduce en atención y conciencia, a ese lobo viejo que acepta que es lobo -fuerte, voraz, ágil- pero que dejará sus huesos en la nieve.