20 años de Trovajazz

Hace exactamente 10 años publicaba este post celebrando los 10 años de Trovajazz. Y terminaba el post diciendo que ojalá estuviéramos para la celebración de los 20.

Y el tiempo, con su constante, rítmico e inflexible ritmo, nos trajo a ese momento. En esos diez años muchas cosas han pasado. Muchos se nos han ido, y muchos se nos han unido.

En una velada muy especial, celebramos -literal y metafóricamente- en familia.

Gracias Rony, Sergei, Erick, Ronito, Negro, David, Abuelo, Tío Jorge, Tía Clara, Papa, y un gran etcétera por estos 20 años. ¡GRACIAS!

En sus primeros años, Trovajazz me vio, sin miedo a exagerar, por lo menos una vez a la semana. Muchas madrugadas. Más de 500 noches. En sus segundos, y tampoco sin miedo a exagerar, me habrá visto 19 días. Así que, al son de Sabina, celebrando las 19 y 500 de Trovajazz.

¡¡Ojalá celebremos los 30!! ¡Salud!

Que la guerra no me sea indiferente

“Sólo le pido a Dios, que la Guerra no me sea indiferente” reza la conocida canción de León Gieco. Una letra linda para cantar en tiempos de paz, en los bares de nuestros corazones (mhm Trovajazz), o para música de fondo en una conversación entre amigos. Una letra poética para una situación trágica, dolorosa y profunda.

Los libros nos llevan a lugares y a perspectivas que no conocemos, nos dan un pincelazo, y luego la dejan como parte de nuestro criterio y pensamiento. Hace algún tiempo leía “The World of Yesterday” de Stefan Zweig (lo recomiendo a cualquiera interesado en la historia europea del siglo XXI), y me gustó porque da la perspectiva de un Vienés, viviendo una de las mejores épocas de la humanidad, en uno de los mejores lugares para disfrutarlo. En algún lado del libro, menciona a Miklós Banffy, un escritor húngaro que de otra manera nunca hubiese conocido. Buscando obras de Banffy me topé con la Trilogía Transilvania (link aquí) donde relata la per-guerra, a modo de romance —recordándome un poco a la trilogía de Ken Follet (Caída de los Gigantes, Invierno del Mundo y El umbral de la eternidad) — que no sólo me resultó un deleite de leer, sino que también me dio una perspectiva con un sesgo diferente de la guerra.

Banffy es húngaro, y escribe todo desde el punto de vista de un aquinense (oriundo de Budapest). La trilogía describe muy bien la alta sociedad húngara, su relación amor-odio con Austria, su “europeísmo” a tope, y una civilización en la cúspide de su desarrollo. Los diálogos van sobre la fuerza de la poesía de este, o del otro; las capacidades teatrales de este o aquel artista, las maravillas de este y aquel compositor. Los problemas eran “elevados”. Las preocupaciones del día a día solventadas (algo que aun nos falta en Latinoamérica). Hasta cierto punto, una vida feliz y tranquila.

Una Europa sin guerras por décadas, pero con corrientes fuertes bajo una aparente calma. Un polvorín de tratados, ideados para evitar futuras guerras, a la espera de un fosforazo que encendiera el fuego, chispa que llego de las manos de Gavrilo Princip.

Desde la era Trump me veo con preocupación el mundo de hoy al compararlo con la primera década del siglo pasado. Una época económicamente pujante, adelantos tecnológicos por muchas esquinas, preocupaciones cada vez más mundanas, y un mundo “civilizado” que ve la guerra como algo del pasado. Tal vez nuestras preocupaciones sean diferentes: las redes sociales, igualdades en varios frentes, lenguajes inclusivos, etc., pero preocupaciones “elevadas”. Los tratados de paz entre países funcionando, un mundo con décadas sin guerras reales y una aparente tranquilidad. Las corrientes han ido emergiendo: países hiper-divididos en derecha vs izquierda, pro-vida vs pro-aborto, renovadas disputas religiosas, etc. Vemos en el Globo entero elecciones definidas por porcentajes ínfimos (USA, Perú, España, Austria, Francia), “izquierdas” y “derechas” exacerbadas y polarizadas, la Biblia en los discursos, nacionalismos restablecidos y transformados (MAGA), y una serie de ingredientes que “llaman” a la guerra.

Y la guerra comenzó. Rusia creyendo que puede hacer lo que quiera con sus ex-repúblicas, añorando tiempos pasados en lo que era una potencia (hoy tiene un PIB menor al de Texas), pero con cierta legitimidad en lo que pide. La manera horrible. Pero, al igual que con los Panzers invadiendo Polonia hace 60 años, vistos por occidente como una anomalía: “nada más va a pasar” decían, pero pasó. Conozco personas y equipos cercanos que están ahí en cielo ukraniano peleando por su libertado. Pido por ellos. La guerra tiene nombres y apellidos, y la mayoría de los combatientes no quisieran estar ahí.

Toda mi simpatía y oraciones con los hermanos ucranianos, pero también con todos. Son momentos definitorios, y ojalá las derivaciones de esta invasión rusa queden en eso: unas semanas crueles en Ucrania. Pero no nos engañemos. Estamos sentados en un polvorín y sólo hace falta una chispa que reviente, y Putín tiene un encendedor un galón de gas en sus manos. Que la guerra no nos sea indiferente, “es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”…

Nosotros, los huesos que aquí estamos, por los tuyos esperamos.

Nosotros, los huesos que aquí estamos, por los tuyos esperamos. Memento Mori. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Génesis, dicho por Dios directamente). Huesos. Calaveras. Silencio. ¿Descanso? ¿Paz? ¿Destino? Muerte. Camino. Transición. Estas sensaciones me da la capilla de los huesos en la Iglesia de San Francisco en Évora.

Recordar de modo recurrente la realidad de la muerte nos pone en contexto. La entendamos o no, la queramos o no, la meditemos o no, creamos en ella o no, es inevitable nuestro paso por ella. Así como en la foto, algún día -no muy lejano- mis huesos se unirán a esa colección. Aquellos cuyos huesos veo aquí realmente me esperan. Estaré más con ellos mas tiempo de lo que he estado sin ellos.

Mis logros, mis sueños, mis dolores y preocupaciones, mis ilusiones, desencantos. Mis generosidades y egoísmos. Mis deseos de paz y de poder. Mis secretos y mis logros. Todo, absolutamente todo, quedará ahí. Unos huesos, tal vez unos recuerdos, y alguna que otra obra quedarán unos años más. Pero no tantos.

Cuando veo una bebé me cuesta comprender que ella está emprendiendo este camino. Que lo estamos haciendo juntos. Y que más temprano que tarde estaremos reunidos ahí, en ese osario.

Viene a mi memoria el famoso pale blue dot de Carl Sagan. Todo lo qué pasó, pasa y pase en esta realidad está confinado a ese pequeño espacio y tiempo. Pronto ya no será. Pronto no habrá ni humanos para recordar.

Pero esa realidad es vida. Aunque es volátil, pasajera, mutable, efímera, y perecedera, es lo único que tenemos. Este momento. Este instante. Esta colección sucesiva de segundos que nos conducen al instante final. Esto es lo que hay. Y en ese todo hay una hermosa paradoja. Es poco, pero es mucho. Es vasto. Tiene un significado si se lo queremos dar.

Al Cielo se van los que fueron felices, me dijo una vez un sacerdote amigo. Con independencia de la fe de cada uno, veo ahí el secreto. Y no es esa felicidad o alegría transitoria o pasajera, sino aquella más profunda, más estable, más rústica, más sencilla. Esa que lleva a aceptar que un día seré uno de esos huesos. Que no importa a que niveles de “grandeza” o de “normalidad” llegue, igual estaré juntándome a esos huesos que me esperan. Esa felicidad que se desprende al encontrar y aceptar la dualidad que tengo de ser único y uno más. De saberme Luis, de saberme frágilmente humano. Esa felicidad que empuja a ayudar. Que saborea un parque silencioso, una ciudad ruidosa, un bebé viendo sus dedos, y un avión despegando.

Esa aceptación ayuda con los miedos. Si el peor miedo es morir, el reconocer que es una realidad inevitable me lleva ahí. Si el peor miedo es vivir mal, el someterse a la realidad que en unas cuantas décadas -o quizá días, o horas- esto terminó. Y todos los mini miedos intermedios. Ellos también son transitorios.

La anécdota dice que dentro nuestro hay dos lobos, uno bueno y uno malo. Sobrevive al que le demos de comer. Démosle alimento a ese lobo joven y viejo que acepta que es lobo -fuerte, voraz, ágil- pero que dejará sus huesos en la nieve.

¿Pro-Economía o Pro-Encierro?

¿Real-Barca? ¿Derecha o Izquierda? ¿Demócrata o Republicano? ¿Pobres o Ricos? ¿Pro-aborto o Pro-Vida? ¿Cristiano católico o evangélico? ¿Musulmán o judío? ¿Religioso o Ateo? ¿Conservador o Liberal? ¿Feminista o Machista? ¿Austriaco o Keynesiano? ¿Taiwan o China? ¿PC o Mac? ¿Realista o republicano? ¿Rojo o Fascista? Todas estas preguntas no aceptan puntos medios. Las personas decidimos nuestro bando, y en ese preciso momento, se crean los del otro bando, el bando de los equivocados.

Tener creencias y posturas es importante. Sin ellas nos convertimos en veletas que cambian de postura con cada cambio de viento (qué es una postura en sí misma). Estar claros en lo que creemos, para actuar en consecuencia, está en la columna vertebral de nuestro carácter. El problema es que las posturas nos dividen. Desde cosas aparentemente mundanas, como los equipos de futbol, hasta trascendentales como nuestras creencias religiosas.

El coronavirus nos brinda un práctico ejemplo. En enero del 2020 nadie se interesaba en lo más mínimo en epidemiología o anatomía de un virus. En marzo se “graduaron” muchos en estas ciencias, y ya por abril la mayoría tenía un “máster por madurez” en epidemiología “dominando” a detalle las mejores estrategias para contrarrestar un virus. El 99% de personas en la calle ya tiene una postura clara, dura, inmutable y “razonada” en cuanto a ser “pro abrir economía” vs “pro-defender salud y vida”. Aun nadie le he escuchado “no sé” o “creo que lo mejor es x, pero no soy experto en el tema”.

En sólo unas semanas, alguien es “un imbécil” por querer abrir economías, o por querer mantenerla cerradas. Depende a quién le preguntes.

Y me parece un ejemplo genial de un problema social —quizá antropológico— que me asusta: nuestra necesidad de encontrar bandos para poder increpar, ridiculizar, e insultar a otros. Estamos hablando de algo que hace unas semanas a nadie le interesaba, que ni hipotéticamente hubiera encendido una conversación sin tornarla aburrida, y que hoy arde en redes sociales y conversaciones de todo nivel. Por leer 5 tweets, dos posts de Facebook, 3 artículos de periódico, y con mucha suerte un libro, somos expertos, y nos sentimos dueños de una verdad que los otros ignoran, y más que eso, nos sentimos con el deber de adoctrinar a los otros con nuestra recién adquirida verdad. Y los que no se conviertan son unos grandes tarados.

Lo más irónico, es que ni los verdaderos expertos —los que han dedicado su vida a la epidemiología, virología, biologías y al desarrollo de políticas sanitarias— lo tienen claro, pero nosotros sí. Nosotros, expertos de internet sí tenemos la solución, y ¡que lástima que no nos hagan caso! Nosotros estamos seguros, que digo, segurísimos, que cerrar el país más tiempo causará más daño que no hacerlo. O tal vez nuestro bando es el que está persuadido y convencido de que abrir la economía es un suicidio colectivo en este momento.

Mi reflexión es la siguiente: busquemos los puntos intermedios. Cambiemos el paradigma de especializarnos en encontrar nuestras diferencias y comencemos a reconocer nuestras similitudes. ¿Messi o Cristiano? “Ahh, a los dos nos gusta el futbol” es lo que busco, en vez del “¿estás loco, Messi es 15 veces mejor…..” (cuando claramente Cristiano lo es 😉 ). El tiempo, la energía y el CPU que se nos va tratando de probar el error del otro, lo perdemos ambos en encontrar una solución, que en la mayoría de los casos nos conviene a ambos, y que los dos buscamos a nuestra manera, y de la cual somos parte.

Sí, busquemos los grises. Especialmente en los temas en los que no tenemos la verdad absoluta (ehem…¡en todos!). En vez de buscar y amplificar aquello que nos distancia y disminuir e ignorar lo que nos une, busquemos cómo podemos ayudarnos. Ni tú ni yo somos tontos. Cada uno elige su bando porque en su visión es lo mejor, pero con mucha frecuencia aceptamos ciegamente los postulados. Revisemos eso. Encontremos la humildad de no estar en lo cierto. Casi nunca lo estamos. Los dos buscamos lo mismo. Busquemos empatía, ponernos en la posición del otro, no para ver cómo le atacamos mejor, sino para intentar entenderlo.

¿Tú crees que el que defiende los encierros y cuarentenas le gusta estar encerrado? ¿O tú crees que el que defiende que salgamos a trabajar no le da miedo enfermarse? A ambos les importa mejorar su economía y mantener su salud. ¿Por qué no comenzamos de ahí?

Barnes and Noble Cierra (¿temporalmente?) 500 tiendas

Barnes & Noble cierra las puertas de 500 de sus instalaciones. Esta noticia me dejó un poco nostálgico, por varias razones. Una, B&N fue en algún momento cliente, y la otra -quizás la mas profunda- es la añoranza y los recuerdos de los buenos momentos que pasé en los pasillos, anaqueles y cafés de esta cadena, o de su eterna competencia Borders. Igual de triste me sentí cuando Borders quebró hace casi 10 años. Recuerdo mucho la de la 59th street y 5th avenue en Manhattan.

Siempre me he preferido lo “no de cadena”, y una de las pocas excepciones fueron las grandes vendedoras de libros norteamericanas. Desde adolescente cuando tenía la oportunidad de viajar al país del norte, de las cosas que mas disfrutaba era perderme en los enormes edificios con múltiples pisos y millares de ejemplares. Poder leerlos, poder ver qué había de nuevo, poder estar ahí horas sin que nadie me inquietara, tomando un buen café. Aquella época pre-Amazon, pre-reviews en línea. Tenía su magia.

Aunque leo ya más libros digitales, aun tengo ese gusto secreto de leer un libro en papel del rayarlo, de apuntar en él. Noticias como estas reflejan el cambio de era. Tal vez mis hijos no sabrán qué es ese gusto por el papel que los de mi generación tuvimos.

Las escalas de valores para decisiones importantes

Las analogías, los modelos y los métodos, son simplificaciones. Hay herramientas para cada caso, y es un arte aprender a utilizar cada utensilio para su mejor uso. Es mejor utilizar una escopeta para cazar aves, pero no para matar un mosquito. Y también hay niveles que son más críticos que otros. Hay decisiones que son triviales y no deben quitarte mucho tiempo, cómo qué comerás hoy, o qué camino tomarás a casa. Hay otras que tienen consecuencias de por vida, y es mejor que se las piense más.

Las técnicas, los métodos, al final son recetas: dadas estas circunstancias, debes hacer esto y aquello para lograr el resultado que quieras. Seguir estas recetas en muchas ocasiones es sensato. Si quieres mejorar tu resistencia física, hay maneras de hacerlo, y no deberías complicarte, ya que hay mucha gente que lo ha hecho antes que tu. Pero cambiar de trabajo, o comenzar una carrera nueva, por ejemplo, no son decisiones triviales, y no hay receta que te de la solución a ellas.

Suena trillado, hasta de más, pero es necesario aprender a escucharte. A descubrir qué es lo que quieres, a encontrar la claridad que a veces se escapa. Porque hay circunstancias, y generalmente son las más importantes, en las que no habrá receta que nos funcione. Tendremos que tomar una decisión basado en nuestra intuición, en nuestra inteligencia emocional.

Y es, para esos momentos claves, que una moral, una escala de valores es imprescindible. Las decisiones difíciles, suelen serlo, porque involucran un costo de oportunidad, una renuncia. El hacer A quiere decir que dejarás de hacer B.  Y renunciar a algo siempre es complicado, aunque ese algo sea tan sólo una proyección. ¿A qué debes renunciar? A lo que esté menos apegado a tu escala de valores. En los momentos de duda, es dónde debes comparar la duda que tienes con la escala que elegiste como la más importante de tu vida. Es increíble lo que ayuda a tomar decisiones claras y sin culpa. Pero para eso, es menester que antes de la duda esté la escala de valores. No pueden surgir juntas. Puede modificarse al mismo tiempo, pero debe de existir de antemano.

Y para que existe tuviste que haber pensado en ella. ¿Cuáles son tus valores? ¿Qué es lo más importante de tu vida? Anótalo, y destílalo. Será importante a la hora de tomar decisiones.

 

Claridad y significado

No podemos predecir el futuro. Es vano intentarlo. Pero podemos ayudar a inventarlo. Para inventarlo es necesario saber qué quieres. El oráculo de Delfos decía que el secreto era conocerte a ti mismo. Pero está incompleto, el secreto es conocerse a uno mismo para saber qué es lo que se desea, qué rumbo se desea caminar.

El vivir una vida significativa y plena depende de uno. Y es responsabilidad de uno. Entonces, darle significado a la vida también depende de uno. Y no es fácil. Requiere de horas de introspección, y de un con consistente proceso de prueba y error.

Algunos tienen la suerte de encontrar la claridad en el camino temprano. A otros nos cuesta tiempo y esfuerzo. Pero merece la pena ser persistente. Merece la pena definir qué es lo que quiero. Y lo que quiero es es algo que no suele ser complicado, ni mucho. Generalmente puede definirse en una frase, pero esa frase puede darle sentido a nuestra vida.

Por otro lado, sin importar que tan claro tengas el qué,  y el por qué, el cómo es algo que irás aprendiendo a conocer en el camino. Es como conducir un auto a una ciudad lejana. Sabes a dónde quieres ir, sabes por qué quieres ir allá, y tienes una idea a grandes rasgos de cómo. Sin embargo, no puedes predecir si lloverá, si habrá tráfico, si habrán accidentes, si se hará de noche antes de lo que anticipabas, si el auto necesitará gas y hay cola en la gasolinera, etc. El cómo irá apareciendo, pero si tienes el qué y el por qué, se hará más fácil. La claridad del cómo es importante, pero la realmente importante e la del qué y del por qué.

¿Tienes claridad en tu propósito?

El costo de seguir eligiendo algo errado

Cuando nos hacemos de un bien (material o no) tenemos la tendencia a crear un lazo emocional a ese bien. Por muy tenue que este lazo sea, juega un papel importante cuándo se nos presenta la oportunidad, o la necesidad, de dejar ese bien que ya es nuestro.

Por eso es que nos cuesta dejar una relación tóxica en la que “hemos invertido tanto”; o que nos aferramos en esa idea de negocio “en la que hemos puesto tanto empeño”; o seguimos en ese puesto de trabajo que tanto nos gusta “porque nos ha costado tanto conseguirlo”.

Un experimento de 1990 eligió al azar estudiantes universitarios y los dividió en tres categorías: vendedores, compradores y “elegidores”. A los vendedores se les obsequió una taza con el logo de la universidad, y se les preguntó si la venderían por un valor entre $0 y $9.25. A los compradores se les preguntó si comprarían las tazas por algún valor en ese rango. A los elegidores se les dio la opción de elegir una taza o dinero en efectivo, en base a los precios obtenidos de los primeros dos grupos.

Los resultados fueron interesantes: los vendedores, que ya poseían las tazas, asignaron de manera consistente un valor más elevado a las tazas, con una media de $7.25. Los compradores estaban dispuestos a pagar tan sólo $2.87 en promedio. Los elegidores dieron un precio medio de $3.12. Diferentes variaciones de este experimento han resultado la misma conclusión: el poseer algo, tiende a identificarnos con lo que poseemos, y le asignamos un valor mayor.

Muchos vendedores saben esto y lo utilizan con sus potenciales clientes. Cuando un vendedor te ofrece un test-drive de un día, o cuando una empresa te deja probar su producto por 14 días sin costo, o cuando un nuevo producto de ejercicio puede llegar a tu casa con “garantía de retorno” gratis si no te gusta, a lo que en realidad están apelando es a que el potencial cliente se “asocie” con el producto, y el efecto de dotación (endowment effect), junto a la aversión a la pérdida hagan el resto. Y es efectivo.

Imagina que planeas dos pequeños viajes de vacaciones. Uno a un lugar que te gusta bastante y te cuesta $100. Pasado un tiempo aparece una gran oferta para un lugar que te agrada aun más y pagas $50 por el. Unos días después te das cuenta que cometiste un error: compraste ambos viajes para la misma fecha. Es muy tarde para devolver o modificar cualquiera de las reservaciones. Este planteamiento se le hizo a un conjunto de sujetos y se les consultó qué viaje tomarían. La mayoría eligió el viaje más caro, aunque le gustara menos, porque sentían que desperdiciaban menos. ¿Por qué? Porque también tenemos una aversión a lo que percibimos como desperdicio.

Renunciar a proyectos en los que hemos invertido mucho, lo percibimos como un desperdicio, y al verlo así, vemos el seguir insistiendo como la mejor estrategia, aunque sean callejones sin salida. Aun así gastemos energías y recursos en algo que no tiene sentido. Distinguir este comportamiento en nuestra vida nos puede ahorrar muchos disgustos y tiempo realmente perdido.

Hay varios intentos de explicar esta tendencia. Inicialmente los economistas del comportamiento propusieron que es natural, ya que los humanos tenemos la tendencia a evitar y alejarnos de la pérdida. Le damos más peso a perder algo que a ganar algo: es más difícil vender nuestro auto actual que comprar uno usado.

Estudios más recientes sugieren que el adueñarnos de algo crea una relación entre esa cosa de la que somos dueños y nuestra identidad. Por ejemplo al comprar un carro nuevo, nos volvemos “cool” como el carro. O al comprar unos Nike nos volvemos hábiles como Jordan.

Más recientemente, hay estudios de Stanford analizan cómo este efecto sucede en el cerebro, haciendo experimentos con estudiantes y mostrando como este comportamiento “irracional” es verdadero y consistente.

Es importante que sepamos que esta tendencia existe, y la notemos en nuestra vida. Muchas veces dejamos que lastres sigan con nosotros, aun cuando sábenos que nos hacen daño o no nos dieron resultados. Es diferente ser persistente, a tener una aversión a renunciar a algo porque hemos invertido mucho (tiempo, cariño, dinero, estudio, emoción) a ello. Pero es importante que lo hagamos, porque sino aparecen metas zombies y es muy fácil que se escapen nuestros objetivos importantes y nazcan caudales de culpa que nos impiden ser todo lo que podemos ser.

Hoy en mi vida, ¿a qué me aferro irracionalmente?

Más de los efectos de Red

En el artículo anterior comentamos sobre los conceptos básicos de efectos de red. En ese post iremos un poco más a detalle con un ejemplos específico y muy conocido de cómo estos efectos en una plataforma crean valor, y lo hacen de una manera exponencial. Hablaremos de Uber.

Uber es la personificación de lo que es una plataforma: es un modelo de negocios que crea valor atrayendo participantes a su plataforma, en este caso dos tipos de plataforma, es decir una plataforma de dos lados, en la cual ambos salen beneficiados de que haya muchos actores en el otro lado, y esto crea un efecto de bola de nieve que hace que cada vez la plataforma tenga más valor, aunque tiene un límite como veremos más tarde.

David Sacks, uno de los inversores iniciales de Uber, twitió en el 2014, un modelo, dibujado en una servilleta, que resume magistralmente el modelo de negocio de Uber, y sobre la cual basaremos esta discusión:

 

Abajo la misma gráfica, traducida y un poco más limpia:

Vayamos punto por punto:

  • El punto clave de la plataforma es tener más conductores.
  • Mientras más conductores hay, la cobertura geográfica aumenta.
  • Al aumentar la cobertura geográfica, las recogidas a los clientes demoran menos tiempo.
  • Tener menos tiempo de espera, hace más atractivo a los clientes la plataforma, lo que crea mayor demanda.
  • El aumento de la demanda, y el crecimiento de la cobertura geográfica, hace que los conductores tengan menos tiempo muerto (es decir, esperando por clientes).
  • El tener menor tiempo muerto atrae más conductores a la plataforma.

Este es el modelo básico, pero este modelo crece mientras la red aumenta. Por ejemplo, al tener más conductores y mejor cobertura, Uber puede disminuir el precio de cada viaje, porque el negocio se vuelca un poco más sobre el volumen. Al bajar el precio, nuevas personas usan el servicio al ser más barato.

Otro ejemplo, es que al haber una masa crítica de conductores y de usuarios, pueden agregarse otros servicios sobre la plataforma, como Uber Eats. Estos servicios han de agregarse con cuidado, para que no haga deficiente el servicio básico de la plataforma.

Adicional, un factor muy importante de esta plataforma, y de todas las basadas en tecnología, es que Uber tiene la capacidad de aumentar su conocimiento de cómo funciona la red. La colección de datos hace que un motor de analíticos, o de inteligencia artificial, pueda predecir mejor comportamientos y precio. Más allá, este conocimiento puede crear nuevos aspectos de negocio, o destapar nuevas oportunidades que antes no existían.

El punto clave de la plataforma: entra en un círculo virtuoso, un círculo que explota muy rápidamente, y en el que el ganador suele tomar una gran parte de la porción del pastel. Vemos, en el caso de Uber, la plataforma sigue creciendo aun con los errores de relaciones públicas y de gestión, la oposición gremial de los taxistas, las nuevas regulaciones que dificultan el funcionamiento.

La magia radica en que más usuarios del lado B atraen a más usuarios del lado A, y al haber más usuarios del lado B, más personas se adhieren al lado B. La plataforma crece y al crecer tanto los del lado B como los del lado A se benefician.